dijous, de juliol 08, 2010

La crisis económica en la Eurozona y el riesgo de EEUU

Publicado en ALAI, América Latina en Movimiento, el 7 de julio de 2010

Por Luiz Alberto Moniz Bandeira

El cáncer que corroe la economía norteamericana es el militarismo…

Irresponsabilidad fiscal, descontrol de los gastos públicos, elevados déficit presupuestales, déficit comercial, corrupción, inflación y estancamiento económico constituyen algunos de los factores fundamentales que llevaron a Grecia al borde del default. Con una deuda pública, como porcentaje del PBI, del orden del 124,5%, la mayor de la Unión Europea, y un déficit fiscal del 11,3% proyectado para 2010 (el segundo más grande, después de Irlanda, con el 12,4%), enfrentaba y enfrenta enormes dificultades, así como, en menor grado, otros países de la región, sobre todo Irlanda, Portugal y España. Sin embargo, las agencias de calificación de riesgo (más de cien, todas bajo la influencia de Wall Street) agravaron aún más la situación, rebajando la calificación de solvencia de Grecia, con lo que favorecieron, a propósito, el ataque al euro por parte de los que especulan con las monedas, en las bolsas de valores.

La erupción de la crisis económica y financiera, que sacude a Grecia y amenaza a Irlanda, Portugal, España y a toda la Eurozona (16 de los 27 Estados miembros de la Unión Europea y otros 9 no-miembros de la UE que adoptan el euro), constituye un desdoblamiento, la tercera etapa de la crisis económica y financiera que se disparó en los Estados Unidos, con la explosión del mercado inmobiliario, en el primer semestre de 2007, cuando grandes aseguradoras, como Merrill Lynch y Lehman Brothers, suspendieron la venta de activos de garantías, y en julio del mismo año, bancos europeos registraron perjuicios con contratos basados en hipotecas de alto riesgo.

La insolvencia de los deudores hipotecarios provocó la debacle, afectando los préstamos de empresas, tarjetas de crédito, etc. En seguida, septiembre de 2008, la crisis alcanzó al sector bancario, con la bancarrota y la disolución del Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de los Estados Unidos, después de 158 años de actividad. Y, finalmente, comprometió e implicó a sus propios Estados nacionales. Llevó a Islandia, cuyos bancos mantenían negocios por un valor tres veces mayor que el PBI del país, a una virtual bancarrota, reflejándose sobre el Reino Unido, su principal acreedor. Y, a fines de 2009, se manifestó en Grecia, amenazando la estabilidad de toda la Eurozona, dado que varios países no cumplieron las metas del Tratado de Maastricht para la unificación monetaria, entre las cuales se ubica el control del déficit presupuestal (hasta el 3% del PBI), del endeudamiento público (hasta el 60% del PBI).

La situación se plantea aún más grave, por cuanto la eventual desestabilización de la Eurozona podría provocar una crisis sistémica, debido a la promiscuidad de los bancos alemanes, franceses y también americanos con los Estados nacionales y otros bancos, mediante deudas cruzadas. Si Grecia y/o Portugal dejasen de pagar a los bancos, la crisis se propagaría y crecería como una bola de nieve. Por ejemplo, según el Bank for International Settlements, los bancos portugueses deben 86 mil millones de dólares a los bancos españoles, que, por su parte, deben 238 mil millones a instituciones alemanas, 200 mil millones a los bancos franceses y cerca de 200 mil millones a los bancos americanos.

La concesión de cerca de 1 trillón de dólares a Grecia, prometida por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, no apuntó a ayudarla, sino a salvar a los bancos alemanes, franceses y a los inversores americanos, que proveen más de 500 mil millones de dólares de préstamos de corto plazo a los bancos europeos, sobre todo a los de las naciones más débiles, para financiar diariamente sus operaciones.

Este endeudamiento de los Estados con los bancos y de los bancos con otros bancos evidencia que, no obstante los factores nacionales, domésticos, la crisis que se agravó en Grecia y amenaza contagiar a toda la Eurozona también es, en otra dimensión, una consecuencia directa de la crisis de los Estados Unidos, dado que el sistema capitalista, entrelazado por el mercado mundial y la división internacional del trabajo, constituye un todo, interdependiente, y no una simple suma de economías nacionales.

El alza del precio del petróleo y del oro, en el mercado mundial, así como la elevada valorización del euro reflejaron la profunda crisis que deterioraba y deteriora la economía americana. La valorización del euro, debido a la caída del dólar, afectó, no obstante, a países como Grecia, Irlanda y Portugal, que no poseen moneda propia y, consecuentemente, no pueden promover la devaluación cambiaria, para reducir los salarios, compensar la pérdida de la competitividad de sus exportaciones, ajustar las finanzas y equilibrar la cuenta corriente de la balanza de pagos.

A pesar de la enorme asimetría, la grave situación económica y financiera de Grecia y algunos otros Estados en la Unión Europea es muy similar a la de los Estados Unidos, cuya deuda externa líquida, el 31 de diciembre de 2009, era del orden de 13,76 trillones de dólares, del mismo tamaño que su PBI, calculado en 14,26 trillones en 2009, calculado según la capacidad de su poder de compra. La deuda pública de los Estados Unidos, en mayo de 2010, era de cerca de 12, 9 trillones, de los cuales 8,41 trillones estaban en poder del público y 4,49 trillones de los gobiernos extranjeros. Este monto (12,9 trillones de dólares) corresponde a cerca del 94% del PBI de los Estados Unidos, mientras el de la Eurozona es del 84%.

El problema fiscal en los Estados Unidos es extremadamente grave. El anterior presidente del Federal Reserve (FED), Alan Greenspan, en octubre de 2009, declaró que no estaba demasiado preocupado con la debilidad del dólar, sino con los costos del largo plazo de los Estados Unidos, unido a la creciente elevación de la deuda nacional, cuya relación se tornaba progresivamente explosiva, como una espiral, en la cual el creciente pago de los intereses aumentaría el déficit y la deuda, generando un nuevo aumento y así sucesivamente. El déficit del año fiscal de 2009, finalizado el 30 de septiembre, más que triplicó el del año anterior, alcanzando una suma record de 1,4 trillones de dólares.

El presidente Barack Obama presentó para el año fiscal 2010 un presupuesto, con gastos de aproximadamente 3,5 trillones y un déficit federal de 1,75 trillones, lo que significa que el gobierno americano tendrá que tomar préstamos, aumentando la deuda pública, o emitir más dólares, dado que el ahorro interno es insuficiente para atender sus gastos. Este déficit fiscal se entrelaza con el creciente déficit comercial, que en 2009 representó más del 40% (1,04 mil millones) del total del su intercambio con otros países. Y, en los primeros tres meses de 2010, continuó creciendo. En marzo, el Departamento de Comercio anunció un déficit de 40,4 mil millones, contra 39,4 mil millones en febrero.

La sustentabilidad de los déficit fiscal y comercial - denominados "déficit gemelos", no porque sean iguales, sino porque se interrelacionan - depende del continuo influjo de capitales extranjeros, oriundos, sobre todo de las inversiones de China, comprando bonos del Tesoro de los Estados Unidos.

Efectivamente, son los bancos centrales de otros países los que financian el déficit en la cuenta corriente de los Estados Unidos, del orden de 380,1 mil millones de dólares en 2009, más del 6% del PBI, déficit este que, en el primer trimestre de 2010, saltó a 115,6 mil millones de dólares, contra 102.3 mil millones de dólares, en el mismo período de 2009, y recrudece en cerca de 2,35 mil millones de dólares por día. Si el influjo de capitales del exterior cesa, el Tesoro de los Estados Unidos no tendrá recursos, en el correr de 2010, para refinanciar 2 trillones de su deuda de corto plazo, de la cual el 44% está en poder de países extranjeros.

Los Estados Unidos ocupan el primer lugar en la lista de los países con la mayor deuda externa líquida del mundo (13,7 trillones de dólares), seguido por Gran Bretaña (9,6 trillones), Alemania (5,2 trillones), Francia (5 trillones) y Países Bajos (2,4 trillones). Se trata, por lo tanto, de una superpotencia deudora, virtualmente en bancarrota. Sólo no llegó al borde de la insolvencia porque puede emitir el dólar, que es la moneda internacional de reserva.

Pero la tendencia del dólar es a disminuir, tanto que, después de devaluarse en un 40% entre 2002 y 2008 y fortalecerse un 20% con relación al euro, entre marzo y diciembre de 2008, durante la crisis financiera, volvió a caer un 20%, entre marzo y diciembre de 2009, debido a la preocupación del mercado con la deuda externa de los Estados Unidos. Su revalorización, como consecuencia de la crisis en Grecia y del debilitamiento económico de la Eurozona, es coyuntural.

El dólar está estructuralmente debilitado por el déficit fiscal y cambiario y por la elevada deuda externa líquida de los Estados Unidos. La perspectiva es de que, días más días menos, deje la condición de única moneda internacional de reserva, a pesar de que China y los Estados Unidos sean el centro del sistema capitalista mundial. Y, cuando eso ocurra, los Estados Unidos tendrán enormes dificultades de pagar sus cuentas, por medio de préstamos de otros países.

En agosto de 2007, David M. Walker, jefe del Government Accountability Office (GAO), órgano del Congreso americano encargado de la auditoria de los gastos del gobierno, advirtió que el país estaba sobre una “plataforma incandescente” (burning platform) de políticas y prácticas insostenibles, escasez crónica de recursos para la salud, problemas de inmigración y compromisos militares externos, que amenazaban explotar de no adoptarse en breve algunas medidas. Previó aumentos “dramáticos” en los impuestos, reducción en los servicios del gobierno y el rechazo en gran escala de los bonos del Tesoro americano como instrumento de reserva por parte de los países extranjeros. Y señaló “notables semejanzas” entre los factores que resultaron en la caída del Imperio Romano y la situación de los Estados Unidos, debido a la disminución de los valores morales y de la civilidad política, a la confianza y a la excesiva dispersión de las Fuerzas Armadas en el exterior, así como a la irresponsabilidad fiscal del gobierno americano.

Menos de un año después, Paul Craig Roberts, ex secretario asistente del Departamento del Tesoro, en el gobierno de Ronald Reagan (1981-1989), afirmó, en un artículo titulado “The Collapse of American Power” y publicado en el Wall Street Journal, que la superpotencia - los Estados Unidos - no estaba en condiciones de financiar sus propias operaciones domésticas, mucho menos sus “injustificables” guerras, si no fuese por la bondad de los extranjeros, que le prestan dinero sin perspectiva de recibir el pago.

De hecho, los Estados Unidos sólo pueden mantener las guerras en Irak y en Afganistán, dos guerras perdidas, con el financiamiento de otros países, principalmente China y Japón, que continúan comprando bonos del Tesoro americano. Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel de Economía) estimó que el total de los costos de estas dos guerras se extiende de 2,7 trillones de dólares, en términos estrictamente presupuestales, a un total de costos económicos del orden de 5 trillones de dólares. No sin razón, The Economist, en la edición del 27 de marzo de 2008, publicó un artículo titulado “Waiting for Armageddon”, en el cual resaltó que el aumento de las corporaciones en bancarrota podía ser la señal de que lo peor estaba todavía por suceder. Lo peor que se puede esperar es el default del propio gobierno de los Estados Unidos, cuyo sistema financiero China, con reservas en dólares de más de 2,4 trillones de dólares, está en condiciones de comprar.

En dichas circunstancias, el default de Grecia, de darse, no sólo impactaría a toda la Eurozona. También afectaría la estructura económica y financiera de los Estados Unidos, cuya política fiscal a largo plazo es insostenible. Pero el problema no deriva principalmente de los gastos con los servicios sociales y de salud, como los conservadores republicanos e incluso algunos demócratas acusan. El cáncer que corroe la economía americana es el militarismo, alimentado por los profundos intereses del complejo industrial-militar, en los grandes negocios en que las grandes corporaciones y militares se asocian, fomentando un clima de supuestas amenazas, un ambiente de miedo, con el propósito de obligar al Congreso a aprobar voluminosos recursos para el Pentágono y otros órganos vinculados a la defensa.

La industria bélica, con toda la cadena productiva, constituye otra burbuja que, más tarde o más temprano, va a explotar. El gobierno de los Estados Unidos, ya sea con el presidente Barack Obama o con quien lo suceda, no tendrá recursos para subsidiarla, eternamente, con la compra de armamentos por parte del Pentágono, ni mantener centenas de bases militares y millares de tropas, en todas las regiones del mundo. Por cierto, cortar estos gastos es muy difícil. Afectaría la economía de varios Estados americanos, localizadas, sobre todo, en el sunbelt (Texas, Missouri, Florida, Maryland y Virginia), donde funcionan las industrias de armamentos que emplean tecnología intensiva de capital. En dichas circunstancias, en medio de propinas, soborno, pago de comisiones a los que promueven las compras, y contribuciones para la campaña electoral de los partidos políticos, el complejo industrial-militar, con un enorme peso económico y político, ejerce una fuerte influencia sobre el Congreso americano y sobre toda la prensa, principalmente en las redes de televisión.

Sin embargo, el incomparable poderío militar de los Estados Unidos tiene límites económicos. Irresponsabilidad fiscal, descontrol de los gastos públicos, altos déficit presupuestales, continuo déficit en la balanza comercial, elevado endeudamiento externo, corrupción inherente al conjuro entre industria bélica y el Pentágono, representado por el complejo industrial-militar, recesión - factores similares a los que produjeron la crisis de Grecia – representan la mayor amenaza y pueden derrotar a la superpotencia. Y esta extrema vulnerabilidad de su economía, con posibilidad de insolvencia, no es señalada por las agencias de calificación de riesgo.

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